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Del carbón al diamante

No hay iluminación sin dolor, porque siempre hay movimiento y el ser humano no se quiere acostumbrar al movimiento.

Su encarnación puede convertirlo en piedra, hay muchas piedras. Hay muchos seres humanos piedra que no se han querido mover, no se han querido expandir y cuando una piedra se llena de energía y es inevitable su expansión, se rompe en mil pedazos.

Es preferible entender, que somos seres en movimiento constante y así nunca nos podamos convertir en piedra.

Una duna son montoncillos de piedras ínfimos y todos los días son diferentes. Cada hora son diferentes, el viento las lleva y las trae, las fusiona, las separa, las hace únicas en constante movimiento. Hay aire entremedio, hay vida, se puede ser mineral y no piedra. Se puede ser un ser humano y no ser estático; y se puede permitir que un ser humano tenga estados diferentes y así que gane espacio en su encarnación.

Ahora, si la duna la llevamos al mar, eso es maravilloso. Se endurece, se ablanda, se mueve, se contrae. Es perfecto.

Pasa por todos sus estados, es bonito ser arena.

También existen otros estados, como el del carbón.

¿Te has detenido a mirar la arena? ¿Te has fijado que hay pequeños trozos de cristal? Esos son pequeños diamantes.

Es cuando ese trocito se apretó y se apretó en su encarnación hasta lograr hacerse transparente y permeable al sol y logró hacer que los rayos del sol pasaran por él para iluminar a los demás. Esa es la arena que yo quiero que ustedes lleguen a ser.

Si logramos que la humanidad fuera una duna de cristales, ¡qué maravilla sería!, pequeños trozos de cristal unidos a un gran diamante en movimiento, eso es el fin de la oscuridad y el aburrimiento de Dios.